Se nos convoca de nuevo a las urnas. Cuartas Elecciones Generales en cuatro años y segunda vez que se repiten por falta de acuerdo para formar gobierno. Pasó exactamente lo mismo hace tres años, y, en aquel momento, los resultados no cambiaron demasiado la composición de las Cámaras.

¿Qué es lo que debemos aprender?

Desde hace varios años, los españoles hemos optado por un parlamento sin mayorías claras, que no es más que un reflejo de la sociedad actual y un fruto de nuestra historia reciente. Esta nueva configuración acentúa la responsabilidad de nuestros representantes de llegar a acuerdos para formar gobierno. La nueva convocatoria de elecciones es expresión de una cierta dificultad a la hora de ir más allá de la propia ideología y sentarse a hablar con personas que piensan de forma diferente.

Una imagen puede servir para describir nuestra situación: varios jugadores en torno a una mesa. Se les reparten las cartas y, después de unos minutos mirándolas y otros tantos lanzándose miradas, deciden interrumpir la partida; quieren nuevas cartas. Pero, ¿puede hacer eso un padre que tiene un hijo enfermo? ¿Puede pedir uno nuevo? Y cuando uno vive una situación tensa en el trabajo, ¿puede pedir un cambio de jefe? Y una madre que es llevada al límite por un hijo adolescente, ¿puede pedir saltarse esa etapa?

Esta incapacidad para afrontar la realidad, para mirar a la cara al vecino y empezar la aventura de entrar en el misterio del otro no es solamente de los políticos, nos afecta a to dos. La tensión que hemos vivido en Cataluña por las reacciones a la sentencia del Tribunal Supremo ha vuelto a poner encima de la mesa una radical división de la sociedad por moti vos ideológicos. Una división dentro de la sociedad catalana, de la que participa el resto de la población española.

Partamos de nuestra experiencia. Las imágenes de los enfrentamientos entre manifes tantes y policía han provocado tristeza en muchos, de un lado y de otro. El malestar de estas semanas dice, en positivo, de la existencia en todos nosotros de un deseo de unidad, de fraternidad, de justicia, de verdad y de paz que no conseguimos colmar con nuestras propias manos. He aquí un punto que nos une a todos. Algo que tenemos en común.

Cuando reducimos nuestra identidad a nuestras ideas políticas es difícil escapar de la confrontación, la marginación del otro y el odio, sea de baja o alta intensidad, casi como si per teneciéramos a especies diferentes. Pero el otro, ¿es solamente lo que piensa? ¿Acaso no sufre y padece, no se alegra y se asombra como nosotros? Nuestros deseos y exigen cias más elementales (deseo de ser amados, de ser felices, exigencia de significado, de verdad, de bien) son los que delinean nuestro rostro humano y constituyen la base de una convivencia posible: ¡son nuestro primer recurso político!

Tanto la imposibilidad de llegar a acuerdos de gobierno como la división en Cataluña nos previenen: debemos construir sobre una base aún más sólida que la ley. Incluso la norma fundamental, nuestra Constitución, fue producto de un gran acuerdo de convivencia y de él depende. Así sucede en una familia, que se da normas para favorecer la vida común, pero sin el acuerdo de base, hecho de vínculos de historia, de razón y afectos, esas normas se vuelven asfixiantes y las relaciones decaen.

Después de años de experiencia democrática, viendo cómo se ha desgastado nuestra convivencia, necesitamos urgentemente apostar por una educación que ponga en el centro lo que nos une y caracteriza nuestra humanidad: nuestras exigencias, nuestra búsqueda de significado. El vacío existencial de los jóvenes que estos días han incendiado las calles de Barcelona, como el de tantos otros, en otros lugares, que son caldo de cultivo del atractivo de la violencia u otras formas de auto-destrucción, es una señal de alarma.

Pero, ¿hay algo o alguien que esté a la altura de nuestra humanidad inquieta? Necesita mos personas libres en las que vemos realizados nuestros deseos, que viven una vida plena, deseable, atractiva. Personas libres que no temen el encuentro con el que es diferente, al contrario, se lanzan a la aventura del descubrimiento de algo nuevo que les enriquece. Personas que no se escandalizan por nuestra humanidad herida, sino que la miran con sim patía, ¡la acogen!

Como aquel hombre, hace dos mil años, que se acercó al pozo de Sicar a pedir agua a una mujer: “«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (por que los judíos no se tratan con los samaritanos)” (Jn 4,9). Por delante las diferencias (¡nada nuevo bajo el sol!). Pero Jesús no se queda en lo superficial y va al fondo de la sed de aquella mujer: había tenido cinco hom bres e ¡ba ya por el sexto. Lo que todos mi raban con escándalo o precaución, Jesús lo miraba con ternura: él había venido para colmar aquella sed.

En estos días un universitario catalán, delante de las imágenes de violencia en Barcelona, se preguntaba: “¿Qué buscan estos chicos? ¿Qué les empuja a quemar contenedores? Buscan protagonismo, algo por lo que levantarse cada mañana. Como yo…”. Y se sorprendía del cambio en su mirada: hace tan solo un año habría reaccionado insultándoles lleno de rabia. ¿Qué ha sucedido para hacer posible el cambio? El encuentro con unas personas que han mirado con ternura su humanidad inquieta. Necesitamos entender “qué nos pasa” a cada uno para restablecer nuestra convivencia.

Así ponemos las bases para llegar a acuerdos, también en política. Para superar las barreras que nos separan, no bastan las genéricas llamadas al diálogo, infecundas hasta ahora. “El mejor modo para dialogar”, dice el Papa Francisco, “no es el de hablar y discutir, sino hacer algo juntos, construir juntos (…), sin miedo de realizar el éxodo necesario en todo diálogo auténtico” (Discurso en Florencia, noviembre 2015). Recientemente un profesor hablaba de las diferencias ideológicas radicales que existían entre colegas en su colegio y de las prevenciones y ojerizas que se derivaban. La necesidad de atender a un alumno problemático hizo que dos profesores se empeñaran juntos, colaborando mano a mano hasta sorprender se agradecidos por la presencia del otro.